egaku

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Location: Japan

Wednesday, May 03, 2006

Cara y sello


En los años Ochenta, Silvy, una estudiante francesa de origen español de la universidad de Grenoble, llegó a Lima para hacer sus prácticas de verano en la redacción de nuestro periódico.

Había sido recomendada por su profesor, un prestigioso escritor peruano afincado en Francia. Lo que más le impresionó a Silvy al salir del aeropuerto Jorge Chávez fueron dos cosas. Que todos los peruanos se parecieran como si fueran gotas de agua y el curioso uso generlizado de las gafas. País de miopes.

Los contados peruanos que ella habia conocido en Europa no se parecían en nada a los que encontró en Lima, una capital mestiza, de pómulos anchos y piel cobriza. Para ella todos eran igualitos.

"Parecen salidos del mismo padre y de la misma madre", recuerdo que dijo.

Comprendería a Silvy diez años después, cuando llegue a Tokio para experimentar lo mismo. Que todos los japoneses se parecian como si fueran hermanos.

Raza, le llaman.

Solo cuando la lleve de paseo por Miraflores o San Isidro, Silvy se percató de que había otro Perú y otros peruanos.

La televisión le causó también una impresión perdurable. Porque la realidad de la televisión no era la realidad que ella veía y vivía en la calle. En la calle, rostros masivamente indigenas y en la televisión, rostros caucásicos o cuasi blancos que le motivó hacer un comentario como este: "si se conociera el Perú por lo que muestra en la television se diria que estamos en un país europeo".

Era el Perú de los Ochenta, con los primeros dinamitazos de Sendero Luminoso en la televisión y con música de Chacalón y los Sahapis en la radio.

Ahora que suelo viajar en tren con suma frecuencia, me detengo en los rostros japoneses y puedo hallar en ellos infinitos detalles, rasgos sutiles que los diferencian. Puedo distinguir esos aportes en una raza que ha recibido tributos de otras, y cuya belleza se manifiesta, precisamente, en esa mixtura.

Wednesday, December 28, 2005

El OFURO

Cuando niño, solía bañarme en el ofuro de la casa de mis abuelos japoneses, a las afuera de Lima. Lo construyó mi abuelo antes de la Segunda Guerra Mundial. Era de piedra y en la base había un agujero donde entraba una hornilla de querosene que proporcionaba al agua una temperatura ideal, de unos 45 grados.En tan inocente edad, nos bañábamos todos los hermanos y primos con una tía que nos iba instruyendo en su correcto uso colectivo. Jabonarse, asearse afuera y una vez limpios, hundirnos hasta las orejas en el agua caliente. Y cuidado con orinarse, nos advertía la tía Mami.
El ofuro es el baño tradicional japonés. Su origen se pierde en la memoria de la historia nipona. En el siglo XVI, cuando los europeos ocultaban sus olores bañandose en perfumes, los japoneses ya conocían las bondades del agua y del aseo personal.La costumbre se ha mantenido hasta la fecha, tan es así que ya no es necesario acudir a un baño público para gozar en casa de un ofuro privado.
Sin embargo, los japoneses no pierden la costumbre de concurrir a los baños públicos. Compatir con los amigos ese grado de intimidad que sólo se reserva a la gente que en verdad se estima, se aprecia. Por lo general los japoneses se meten en el ofuro poco antes de acostarse. Dicen que es muy sano irse a dormir justo después de bañarse con agua tan caliente. Les relaja y les disipa el estrés de la jornada.
A los baños públicos en Japón se les conoce con el nombre de Sento. Están equipados con Ofuro, Jacuzzi, Sauna, Gimnasio, Sala de vídeo, cibercaf y otros inauditos etcéteras. Antiguamente, acaso hace 150 años o más, los baños públicos eran mixtos (las viviendas del pueblo no contaban con ofuro) y la gente, las familias acudían a estos sitios sin sentir esa verguenza tan pecaminosa y cristiana que todo lo censura y lo prohibe.Hombre, mujeres y niños vivían un mundo acaso más sano e inocente. Y el desnudo era algo de lo más normal como estar vestido.

Thursday, November 17, 2005

El kanji y las botellas

Cuando se acude a un bar nipón suele llamar la atención que detrás del cantinero o del barman se aprecien en las vitrinas numerosas botellas de whisky a medio tomar. Son botellas inusuales que tienen dibujado sobre sus etiquetas los kanjis de sus propietarios. Se pueden leer apellidos como Yamasaki, Kuroda, Kato, Takahashi, Yamaguchi, Goto...

Se trata, por supuesto, de bares amigos, donde el beodo ha logrado entablar una relación perdurable con el propietario que le permite tomar, valga la redundancia, esas licencias: poseer su propia botella.

Después de meterse un par de tragos, de despotricar, solo o con amigos, contra su jefe o de hablar de las licenciosas piernas de la Mariko, la secretaria, el tal Goto se despide y el cantinero devuelve la botella a la vitrina hasta la siguiente ocasión. Como es su botella no tiene necesidad de pagar por las copas bebidas o compartidas.

¿A quién se le ocurrió la modalidad de la botella cautiva? No se sabe. Los amigos japoneses suelen responder que eso ya estaba implantado cuando alcanzaron la edad necesaria para ir a un bar y tomarse un trago.

El hecho de comprar la botella de whisky en el propio bar garantiza al propietario contar con un bebedor cautivo, con un consumidor permanente y fiel. Ya se sabe el afecto que une, desde siempre, a hombres y botellas. ¡kamapi!



Friday, October 28, 2005

El clavel rojo


Mariko tiene cuarenta años de edad, un divorcio y dos hijos. A los dieciséis años, cuando aún estaba en el koko, en la secundaria superior, ella ejercía o mejor dicho se beneficiaba con la práctica del enjo kousai, una suerte de relación de ayuda.

El enjo kousai es en realidad un eufemismo de prostitución que se da entre un hombre maduro y una estudiante menor de edad. Práctica que aún subsiste en Japón.

Por supuesto, sus padres no estaban al tanto de su doble vida. Ellos creían que Mariko, como todos los estudiantes de su edad, se ganaba un dinerillo extra trabajando después de salir del colegio en un McDonald s o en algún otro establecimiento de comida rápida.

Sus padres, con mucho sacrificio, le pagaban los estudios en uno de esos colegios exclusivos donde los estudiantes ricos suelen lucir prendas de marca como Versace, Louis Vuitton, Yves Saint Laurent o Gucci. Por ese motivo, Mariko, por no parecer menos que ellos, decidió rentar la tersura de su juventud.

Estuvo muy cerca de optar por la senda del oropel, de la vida fácil y regalada. Esa vida que le permitía en una tarde ganar el jornal de un día de cuatro oficinistas. Sin embargo, en cierta ocasión le ocurrió un extraño incidente que le enderezó el camino y que a continuación paso a relatar.

Un viernes por la tarde Mariko merodeaba por la estación de Shibuya con ese encantador uniforme tipo marinero que usan los estudiantes nipones. Se había citado a esa hora con un cliente. Llevaría ella en la mano y el cliente un clavel rojo en la solapa, tal como lo habían convenido en los e-mail que se remitieron. Ese sería el distintivo. Después acudirían a un hotel...

Años después, Mariko, convertida en madre de dos niños, me contó que el cliente del clavel rojo nunca acudió a la cita. Al menos eso creía. Esa noche, al volver a casa, más tarde que de costumbre, halló mientras sus padres dormían, un clavel rojo en el tacho de la cocina.

Su padre murió de cáncer hace algún tiempo. Nunca supo si era el hombre del clavel rojo. Nada en la conducta de su progenitor le hizo sospechar que podría tratarse de él. Cada vez que visita su tumba le deposite un ramo de claveles rojos. La persistencia de esas flores intriga a su madre.

¿No hay acaso otras flores más apropiadas?, le pregunta.


Saturday, October 15, 2005

Quien se va sin que lo echen...


...vuelve sin que lo llamen..."